Aprendamos a hacer el bien | Reflexión Mensual ACDE – Septiembre 2022

El P. Daniel Díaz, nuestro asesor doctrinal, nos invita a reflexionar sobre la construcción de la paz en la sociedad, y nos recuerda que no es una adquisición definitiva, sino algo se construye día a día.

El P. Daniel Díaz, nuestro asesor doctrinal, nos invita a reflexionar sobre la paz social, y nos recuerda que no es una adquisición definitiva, sino algo se construye día a día.

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Aprendamos a hacer el bien

Queridos amigos de ACDE,

A fines del siglo VIII antes de Cristo la situación del pueblo de Dios no era fácil. Mientras que los Asirios buscaban extender su poderío hasta las costas del Mediterráneo, los egipcios  luchaban por mantener su influencia en los territorios de Palestina y Siria. Situado en el centro de ese conflicto el pequeño reino de Judá, con una mezcla de astucia y moderado poder militar, sostenía una política fluctuante apoyándose alternativamente en unos o en otros tratando de sacar el mejor beneficio. A los ojos del mundo parecían llevar bastante bien la compleja situación, parecía haber cierta paz.

Sin embargo, la mirada de Dios sobre su realidad era muy diferente y el Señor suscitó un profeta para revelarla a su pueblo. Isaías fue enviado a denunciar la arrogancia y la soberbia de esos líderes que se consideraban muy inteligentes en sus argucias y no reparaban en mentir ni cometer injusticias con tal de sostener su poder y acrecentar sus riquezas, aún a costa de los más humildes. El futuro estaba seriamente en riesgo. Si la paz se entiende como el fruto del orden que Dios pone en la sociedad, y que Él encomienda sostener a los hombres buscando una justicia cada vez más perfecta, la paz social era solo aparente.

Por otra parte, Isaías también llamaba a despertar de su indiferencia a un pueblo que aletargado por una pequeña prosperidad momentánea proveniente de aquellos mismos a quienes se sometía, se había ido alejando de su Señor en lo moral, lo social y lo religioso. El profeta les insistía fuertemente en que debían tomar la única salida posible para evitar el sufrimiento que pronto sobrevendría de persistir en su error: volver a Dios, cambiar de vida, practicar la justicia y hacer el bien.  

“¡Lávense, purifíquense, aparten de mi vista la maldad de sus acciones! ¡Cesen de hacer el mal, aprendan a hacer el bien!”. Así llamaba Isaías a un nuevo camino, uno que permitiera al pueblo ya no tan solo buscar sobrevivir, sino llegar un día a vivir en paz y bienestar. “Con sus espadas forjarán arados y podaderas con sus lanzas” eran las palabras que describían en la visión del profeta la promesa de un tiempo sin enfrentamientos, sin luchas, sin violencia. Si recuperaban su fe y sus valores, los mismos elementos con que se dirigían indefectiblemente a la guerra, les permitirían trabajar juntos para construir la paz.

La situación política, social y económica de nuestro país se revela hoy en situación crítica: no hay paz y lo que es aún peor, cuesta vislumbrar que ésta sea posible en un futuro cercano. No debemos dejar que los sucesos recientes se conviertan en el árbol que nos tape el bosque. Estos hechos y la reacción a ellos son más bien un nuevo llamado a asumir lo mal que vamos. A la  dolorosa y extendida  pobreza se suma la incapacidad de de encontrar caminos hacia un lugar mejor. Mientras esto sucede, una parte de la población, excluida del trabajo como fuente de sustento, sobrevive conformándose con migajas y reclamando periódicamente migajas más grandes, a la vez que la otra parte, se esfuerza con cada vez más cansancio y enojo, viendo que logra poco y que muchos de sus hijos eligen abandonar la patria en que nacieron. Y nadie se hace cargo. Todos levantan el dedo acusador hacia los demás, sin reconocer que cada uno es un poco culpable en alguna medida. Si no lo comprendemos, la paz, que es base de toda la construcción social, será inviable.

La Constitución Gaudium et Spes, documento clave del Concilio Vaticano II, nos dice en el número 78: “la paz no es nunca una adquisición definitiva, sino algo que es preciso construir cada día. Y como además la voluntad humana es frágil y arrastra la herida del pecado, el mantenimiento de la paz pide a cada uno un constante dominio de sus pasiones y exige a la autoridad legítima vigilancia”. Frente a esta afirmación cabe preguntarse: ¿la sociedad argentina ha olvidado la importancia central de construir la paz?, ¿nos hemos dejado llevar por las pasiones?, ¿hemos perdido el respeto por la ley y las instituciones de la democracia? Probablemente en las respuestas encontremos los motivos que han provocado el haber extraviado el rumbo en el camino que nos conduce a una vida en paz.

Un poco más adelante, este mismo documento plantea: “Para construir la paz son absolutamente imprescindibles la firme voluntad de respetar a otros hombres y pueblos y su dignidad y un solícito ejercicio de la fraternidad.” Tal vez tengamos que volver a cosas tan básicas como proponernos el respeto mutuo, sin el cual una buena convivencia sencillamente no es posible. En ese rumbo iremos hallando, poco a poco y con paciencia, el poder reconocer y valorar al otro, sin desacreditarlo a priori. Tal vez lleguemos un día a reconocerlo como hermano, o al menos como compatriota.

Vuelvo a Gaudium et Spes en busca de los pasos que son necesarios para reencontrar el sendero y leo: “Todos los cristianos quedan vivamente invitados para que obrando la verdad en la caridad se unan con todos los hombres auténticamente pacíficos para instaurar e implorar por la paz”.  La unidad de quienes buscan la paz es el fundamento de la conversión a la que somos llamados.

En tiempos violentos, creo que lo que más diferencia a unas personas de otras no son sus ideas o ideologías, sino el modo en que están dispuestos a alcanzarlos. Cuando la búsqueda respeta como innegociable a la verdad, aun cuando me perjudique; cuando no renuncia a la caridad como principio rector, porque se realiza desde la fraternidad; y sobre todo, cuando se está decidido a expresarse con libertad y disentir sin agredir, incluso a criticar y corregir sin denostar, las diferencias vividas en paz tienen la chance de convertirse en fuente de riqueza y de vida, en vez de motivo de muerte y dolor.

Como líderes cristianos empresarios los animo a ser fieles a lo que el Buen Señor nos revela en su sabia voluntad y a seguir trabajando en nuestra sociedad tan sufrida por una comunión que nos conduzca a tiempos de paz. Que el Dios de la Paz los bendiga, anime y acompañe en esta ardua misión.