Un mensaje a los católicos iberoamericanos

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En las empresas, la vocación noble tiene la obligación de situarse en lo que es su objetivo: crear riqueza. Pero esa riqueza debe crearse con respeto.

En los últimos años, el Papa Francisco se ha referido a la actividad económica como una noble vocación. Y es noble porque es capaz de generar riqueza, generar empleo y contribuir al desarrollo económico de las sociedades. Son los emprendedores que han recibido esta vocación quienes tienen la responsabilidad de ponerla en práctica y lograr las expectativas de desarrollo de una comunidad. La vocación no es en sí misma un mérito del receptor. Es un regalo y como tal no se gana. El mérito total del emprendedor que lo arriesgó es la aplicación práctica de esta convocatoria, a través del trabajo y el riesgo asumido en cada inversión. Es este acto responsable de hacer un buen uso de sus talentos y recursos lo que atribuye su nobleza a sus circunstancias. Aquí es donde el emprendedor puede asumirse como detentor de una noble vocación.

Ser noble es siempre sinónimo de cualidades especiales. Representa a alguien que se distingue de sus pares porque tiene capacidades distintas a las de la mayoría y le permite acceder a responsabilidades en la dirección de una comunidad. Pero ser noble es tener la responsabilidad de entregar los resultados de esa nobleza, de sus diferentes capacidades y de sus competencias superiores. Es tener la misión de contribuir para que  quienes dirige sean tratados con humanidad y tengan una vida digna y un desarrollo constante.

Ahora, en las empresas, la vocación noble tiene la obligación de aplicarse en lo que es su objetivo: crear riqueza. Pero tiene que crear riqueza de una manera que no ponga en peligro la dignidad de la persona humana o la sociedad en la que opera o la naturaleza que la rodea. Tienes que crear riqueza con respeto. Pero también hay que estar pendiente del destino de esa riqueza y noble vocación del emprendedor. Esto implica que la riqueza creada está destinada a cuidar a quienes colaboraron para crear esa misma riqueza, de manera justa y digna.

Hemos vivido la Semana Santa y la preparación de la Pascua como un tiempo de meditación, preparación y arrepentimiento. En la región iberoamericana, dónde alrededor del 60% de la población se considera católica, sería un buen momento para que empresarios y líderes de la sociedad aprovechen este tiempo para entender lo que tenemos que hacer para poder crear cotidianamente en las empresas, buen trabajo, buenos productos y buena riqueza. Pero también para entender cómo podemos asegurar que esta buena riqueza creada por las empresas se distribuya de una manera que haga más digna la vida de todos con la convicción de que, como católicos, debemos tener claro nuestro rol en el mundo y amar al prójimo como a sí mismo​.
Exhorto a todos los católicos y no católicos, empresarios y trabajadores, ricos y pobres, a aprovechar este tiempo de reflexión que hemos vivido – para algunos motivados por la experiencia de la Cuaresma y para otros como resultado del confinamiento – a tomar conciencia de la importancia en este año pandémico de la solidaridad y el heroísmo y de ayudar a quienes más lo necesitan, para que juntos podamos cambiar la estructura de nuestra sociedad, de estar unidos y empezar a ser solidarios, asegurando que compartimos de una manera más justa y que conjuntamente podemos  producir mayor riqueza y tener más para distribuir.

Bruno Bobone
Presidente

UNIAPAC Internacional